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Publicado en la web del Instituto Juan de Mariana el 26/11/2016, día de la muerte del dictador cubano.

Fidel Castro Ruz ha muerto. Y a su paso, sin temor a caer en simplificación alguna, deja un único legado, terrible y criminal como pocos: muerte, torturas, cárceles y miseria. Sin duda, en la siniestra liga de totalitarios del siglo XX, compitió con rivales de su nivel, pero a todos ellos, con la excepción de la dinastía norcoreana, vapuleó en longevidad. El régimen por él edificado se ha prolongado (y no sabemos muy bien cuál es su fecha de caducidad) a lo largo de más de 58 desesperantes e inacabables años.

Fidel Castro fue el comunismo y el comunismo es Fidel Castro. El paraíso en la tierra prometido por Marx y sus sucesores es la ergástula cubana: un sinfín de asesinatos perpetrados desde el poder político, total devastación del cuerpo social mediante el fomento de las delaciones —entre familiares próximos incluso— a través de los tristemente célebres comités de defensa de la revolución implantados en cada esquina, más de un 20% de la población asumiendo el riesgo de huir en balsa a Estados Unidos, un continuo empobrecimiento masivo (Cuba pasó de ser uno de los países más prósperos de Iberoamérica al furgón de cola mundial) y un largo y penoso etcétera de mentiras —la mentira siempre como arma revolucionaria— y conculcación de todas las libertades.

De ese infierno de igualdad y justicia social ha sacado provecho, como no podía ser de otra manera, la minoría política del Partido Comunista, que con mano de hierro se impuso sobre el resto de la población y que ha venido disfrutando de todo tipo de privilegios. El propio Castro, sin ir más lejos, acumuló una de las mayores fortunas personales del mundo.

Una última reflexión sobre el monstruo de Birán. A pesar de su ejecutoria, o tal vez por eso, fue un personaje, más allá de las fronteras cubanas, respetado y admirado por muchos. Que sobre sus conciencias cargue.

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